PRISIONERA, (texto seleccionado en el concurso Sueños de Letras con Arte)
Soñé que estaba en la cama rodeada por tus brazos. El olor
de tu perfume impregnaba toda la habitación. Tú dormías. Tu respiración era
profunda y constante. La ventana estaba entreabierta y una ligera corriente
balanceaba la cortina de un lado a otro. Sentía el calor de tu cuerpo desnudo
junto al mío y eso me producía un inmenso placer.
Como no podía dormir intenté deshacerme de tus brazos para
levantarme pero no pude. Estaban rígidos. Susurré tu nombre, una vez, dos
veces, elevando cada vez mi tono de voz, pero seguías durmiendo. Tus brazos me
aprisionaban y no sabía por qué. Podía escuchar tu respiración sin embargo no
reaccionabas. Intenté pellizcarte, morder tu brazo, pero no sucedía nada. Mi
desesperación comenzaba a hacerse patente. Repetí tu nombre cada vez más fuerte
hasta gritar, pero seguías inerte. Intenté darme la vuelta entre tus brazos
para quedarme cara a cara frente a ti e intentar averiguar qué te sucedía. Poco
a poco me fui girando hasta que tu rostro quedó delante de mí, y mi pavor se incrementó
de forma exponencial. Tus ojos estaban abiertos pero no parpadeaban. Parecías
estar muerto y sin embargo respirabas.
Me sentía totalmente aterrorizada. Qué te estaba sucediendo,
Gerard? Intenté de nuevo escabullirme de tus fuertes brazos deslizándome por
debajo de ellos pero ellos se aferraban a mí cada vez con más fuerza. Empecé a
temblar, el miedo comenzaba a superarme. Y si no conseguía escapar nunca de
allí?
Comencé a patalearte y a empujarte, mientras las lágrimas se
deslizaban por mi cara. Tu mirada me asustaba tanto como el sentirme atrapada.
Parecías sin vida pero tu aliento acariciaba mi piel de manera constante. Uno
de tus brazos cedió a mis empujones pero entonces tu otra mano me agarró del
brazo como la garra de un animal asustado.
Grité, me desgañité hasta no poder más. Quizás algún vecino
pudiera escuchar mis aullidos. Todos mis esfuerzos fueron en vano y mis fuerzas
comenzaban a fallarme.
De repente, tu voz en mi oído me despertó del sueño. ¿Estás
bien, cariño?, me preguntó. Sólo ha sido una pesadilla, respondí.
Dos noches más tarde, mientras yo soñaba con prados verdes
llenos de flores, Gerard sufrió un infarto mientras dormía. Cuando desperté,
sus brazos me estaban rodeando y sus ojos abiertos me miraban, pero su aliento
se había esfumado.
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