dimecres, 22 de març del 2017

LA DANZA DE LOS DELFINES



LA DANZA DE LOS DELFINES,  (texto seleccionado en el concurso Eros y Afrodita II de Letras con Arte)




Vanessa observó su copa de vino vacía sobre la mesita del salón. Se fijó detenidamente en su forma. Esas curvas sinuosas le recordaban a un cuerpo de mujer. Nunca se había fijado en ese detalle. Eva salió del baño envuelta en una toalla ajustada a su cuerpo como un guante. Detrás de ella, salió Germán. Vanessa les miró de arriba a abajo a los dos. Sus cuerpos emanaban la sutil fragancia del gel de baño mientras el vapor escapaba a través de la puerta abierta. Eva caminó hacia el sofá balanceando sus caderas para sentarse junto a Vanessa. Las dos se miraron fijamente a los ojos, mientras Germán las observaba apoyado en la pared. Vanessa sintió un deseo irrefrenable por besar los labios carnosos de la mujer que tenía enfrente. Nunca había besado a otra mujer. Sin embargo, para Eva aquello no era nuevo. Ella y Germán solían frecuentar locales de intercambio de parejas. Hacía tiempo que conocía a Vanessa y desde el primer momento quiso poseerla. Por unos segundos Eva miró a su marido buscando su aprobación. Él guiñó un ojo mientras se sentaba en una silla frente a ellas y rellenaba las copas de vino.
No muy lejos de allí, un hombre observaba la escena a través de su portátil. Sabía que su mujer le engañaba y había puesto cámaras en el salón y en el dormitorio. Estaba totalmente sorprendido. Había imaginado cientos de veces a su mujer con otro hombre pero lo que estaba viendo le tenía descolocado. La excitación le recorría el cuerpo entero. En la pantalla, las dos mujeres se acariciaban y besaban despacio mientras el otro hombre las observaba desde la silla. Ernesto estaba solo en su oficina. Sentía un enorme deseo que le estaba nublando el raciocinio. Las mujeres totalmente desnudas se amaban lentamente en el sofá de su comedor. Entonces, el hombre de la silla se acercó a ellas y se sacó la toalla. El juego entre los tres parecía como una danza coreografiada. Ernesto estaba al borde del colapso. Vanessa estaba allí entre un hombre y una mujer, moviéndose con la gracia de un delfín entre las olas. El hombre casi podía imaginar los gemidos. Él sentía como su vida se le escapaba por entre las piernas. Entonces, sin más, el monitor se apagó al igual que las luces del despacho. Y tal como empezó su excitación se esfumó.


PRISIONERA



PRISIONERA, (texto seleccionado en el concurso Sueños de Letras con Arte)



Soñé que estaba en la cama rodeada por tus brazos. El olor de tu perfume impregnaba toda la habitación. Tú dormías. Tu respiración era profunda y constante. La ventana estaba entreabierta y una ligera corriente balanceaba la cortina de un lado a otro. Sentía el calor de tu cuerpo desnudo junto al mío y eso me producía un inmenso placer.
Como no podía dormir intenté deshacerme de tus brazos para levantarme pero no pude. Estaban rígidos. Susurré tu nombre, una vez, dos veces, elevando cada vez mi tono de voz, pero seguías durmiendo. Tus brazos me aprisionaban y no sabía por qué. Podía escuchar tu respiración sin embargo no reaccionabas. Intenté pellizcarte, morder tu brazo, pero no sucedía nada. Mi desesperación comenzaba a hacerse patente. Repetí tu nombre cada vez más fuerte hasta gritar, pero seguías inerte. Intenté darme la vuelta entre tus brazos para quedarme cara a cara frente a ti e intentar averiguar qué te sucedía. Poco a poco me fui girando hasta que tu rostro quedó delante de mí, y mi pavor se incrementó de forma exponencial. Tus ojos estaban abiertos pero no parpadeaban. Parecías estar muerto y sin embargo respirabas.
Me sentía totalmente aterrorizada. Qué te estaba sucediendo, Gerard? Intenté de nuevo escabullirme de tus fuertes brazos deslizándome por debajo de ellos pero ellos se aferraban a mí cada vez con más fuerza. Empecé a temblar, el miedo comenzaba a superarme. Y si no conseguía escapar nunca de allí?
Comencé a patalearte y a empujarte, mientras las lágrimas se deslizaban por mi cara. Tu mirada me asustaba tanto como el sentirme atrapada. Parecías sin vida pero tu aliento acariciaba mi piel de manera constante. Uno de tus brazos cedió a mis empujones pero entonces tu otra mano me agarró del brazo como la garra de un animal asustado.
Grité, me desgañité hasta no poder más. Quizás algún vecino pudiera escuchar mis aullidos. Todos mis esfuerzos fueron en vano y mis fuerzas comenzaban a fallarme.
De repente, tu voz en mi oído me despertó del sueño. ¿Estás bien, cariño?, me preguntó. Sólo ha sido una pesadilla, respondí.

Dos noches más tarde, mientras yo soñaba con prados verdes llenos de flores, Gerard sufrió un infarto mientras dormía. Cuando desperté, sus brazos me estaban rodeando y sus ojos abiertos me miraban, pero su aliento se había esfumado.

AMOR INCIERTO



AMOR INCIERTO (texto seleccionado en el concurso Historias de Amor de Letras con Arte)






Ella le amaba. Estaba enamorada de ese hombre medio ángel, medio demonio, cuya sonrisa la tenía ensimismada y su voz era capaz de trasladarla a otros mundos. Ella soñaba con él, ese ser que la había cautivado con una simple conversación. A ella le encantaba escucharle. Anhelaba el momento de verle porque su presencia era mágica, transformaba todo su mundo en algo diferente, etéreo, espiritual, casi invisible a sus ojos pero que inundaba el resto de sus sentidos. El contacto con su piel era una experiencia inexplicable. Una mezcla de frío y calor invadían cada milímetro de su cuerpo. Él la embriagaba hasta el límite donde termina la cordura. Ella le amaba y él lo sabía.
Él la amaba. Deseaba poseerla y trasladarla a su territorio donde la locura, la pasión por la cerveza y el deseo carnal desmedido eran los reyes. Quería estar con ella y compartir con ella toda su sabiduría, aunque en algunos momentos todos sus conocimientos se mezclaran con las fantasías más exuberantes y aterradoras a veces. Él mismo sentía miedo de sus pensamientos, del poder que creía poseer en sus manos y en su mente para controlar todo lo que le rodeaba. Él adoraba verla sonreír pero no podía permitir que nada ni nadie interfiriera entre ellos dos, no podía dejar que ella se dejara guiar por unos instintos que a él le parecían peligrosos. Él la amaba pero no estaba dispuesto a renunciar a sus vicios, a sus paranoias, a su universo paralelo donde él era capaz de todo.
Ellos se amaban pero eran amores distintos. Ella había temido por su integridad cuando él se daba a su otro gran amor y dejaba que el alcohol entrara a litros por sus venas convirtiéndole en un personaje vil y desagradable que la amenazaba y la humillaba. Pero estaba tan ciega que hubiera seguido a su lado a pesar del miedo. Él sentía que a pesar de que ella le adoraba no iba a poder dominarla del todo. Ella era más fuerte de lo que ella misma sabía y eso a él le daba pavor.

Un buen día él la llamó, quería verla. Debía poner fin a esa relación sin sentido que no llevaba a ninguna parte. Ella se sintió morir. Él marchó sin más y desapareció para siempre de su vida.