LA DANZA DE LOS DELFINES, (texto seleccionado en el concurso Eros y Afrodita II de Letras con Arte)
Vanessa observó su copa de vino
vacía sobre la mesita del salón. Se fijó detenidamente en su forma. Esas curvas
sinuosas le recordaban a un cuerpo de mujer. Nunca se había fijado en ese
detalle. Eva salió del baño envuelta en una toalla ajustada a su cuerpo como un
guante. Detrás de ella, salió Germán. Vanessa les miró de arriba a abajo a los
dos. Sus cuerpos emanaban la sutil fragancia del gel de baño mientras el vapor escapaba
a través de la puerta abierta. Eva caminó hacia el sofá balanceando sus caderas
para sentarse junto a Vanessa. Las dos se miraron fijamente a los ojos,
mientras Germán las observaba apoyado en la pared. Vanessa sintió un deseo
irrefrenable por besar los labios carnosos de la mujer que tenía enfrente.
Nunca había besado a otra mujer. Sin embargo, para Eva aquello no era nuevo.
Ella y Germán solían frecuentar locales de intercambio de parejas. Hacía tiempo
que conocía a Vanessa y desde el primer momento quiso poseerla. Por unos
segundos Eva miró a su marido buscando su aprobación. Él guiñó un ojo mientras
se sentaba en una silla frente a ellas y rellenaba las copas de vino.
No muy lejos de allí, un hombre
observaba la escena a través de su portátil. Sabía que su mujer le engañaba y
había puesto cámaras en el salón y en el dormitorio. Estaba totalmente
sorprendido. Había imaginado cientos de veces a su mujer con otro hombre pero
lo que estaba viendo le tenía descolocado. La excitación le recorría el cuerpo
entero. En la pantalla, las dos mujeres se acariciaban y besaban despacio
mientras el otro hombre las observaba desde la silla. Ernesto estaba solo en su
oficina. Sentía un enorme deseo que le estaba nublando el raciocinio. Las
mujeres totalmente desnudas se amaban lentamente en el sofá de su comedor.
Entonces, el hombre de la silla se acercó a ellas y se sacó la toalla. El juego
entre los tres parecía como una danza coreografiada. Ernesto estaba al borde
del colapso. Vanessa estaba allí entre un hombre y una mujer, moviéndose con la
gracia de un delfín entre las olas. El hombre casi podía imaginar los gemidos.
Él sentía como su vida se le escapaba por entre las piernas. Entonces, sin más,
el monitor se apagó al igual que las luces del despacho. Y tal como empezó su
excitación se esfumó.